sábado, 7 de diciembre de 2013

Desarmado

Mi cuerpo está compuesto
por cien pedazos o partes,
y me vas quitando,
desde hace ya mucho,
dos piezas cada día.

Lo que menos me duele
es que me arranques
partes de mis piernas,
o de mis brazos, las manos,
porque a veces me quitas
partes de mi cerebro,
el cerebro que yo era
y al cual aún estoy aferrado,
lo desmontas con esmero
y eliminas a tu parecer,
lo que tal vez ya no merezco.

Un día pensé en escaparme,
volver a mi yo pasado,
pero cuando me decidí a hacerlo,
ya no tenía piernas
y algunos dedos menos
que no me permitirían
ni arrastrarme por el suelo.

Y mi vida había cambiado,
de lo que era cada vez quedaba menos,
y triste me siento alegre
cuando te veo entrar por la puerta,
acompañante para siempre,
y triste me siento alegre
cuando me doy cuenta de que
eres tú lo que lo ha cambiado.

Me llevó algún tiempo entender
lo que cada noche pasaba,
y es que no eras tú que me quitabas
si no yo que me entregaba.

Te agradezco cada noche
que no me quites los ojos,
para poder ver hasta el último momento
la sonrisa con la que vienes,
te acercas y me acaricias,
que es lo que espero todo el día,
tumbado en una mesa de metal,
recordando entero mi cuerpo
imaginando precioso el tuyo.

Pero hoy estoy preocupado
porque además de los ojos,
un dedo, quizás un brazo,
ya me voy quedando sin cosas
que pueda entregarte.
Temo llegar al momento después del último
y dejar de existir para ti,
como ya para el mundo lo habré hecho.
Cuando me hayas terminado,
no quiero que vayas a por otro
y lo tumbes sobre esta misma mesa,
porque tus ojos serán mis ojos
y tus manos serán mis manos,
porque cada pieza que arrancas de este mundo
se olvida de mi tragedia
y se acuerda de lo olvidado.

Dos o tres noches quedan
y los ojos que aún tengo
hoy han llorado,
porque saben que es más fácil
vivir yo de mí separado
que sin ti a mi lado.