viernes, 3 de mayo de 2013

Farola rota

Buscamos la luz de una farola rota, una bombilla que proyecta mentiras. Damos por válidos engaños y damos por malos elementos no iluminados. La farola rota, única luz en toda la calle, nos conforta, y ella reposa tranquila, sabiéndose suficiente para saciar los cuerpos cansados. 
El hombre se apoya en su poste frío y no duerme para guardar su puesto privilegiado.
Pasamos hambre y frío en una calurosa noche de verano.

domingo, 28 de abril de 2013

El hombre al final de la escalera

El hombre que está parado al final de las escaleras mecánicas me da miedo. Me agobia su presencia y creo que solo yo me doy cuenta de que está ahí.
Su mirada lasciva, su cara deformada, su piel verdosa, su vestimenta y esa sensación que produce en mí me aterra. Sé que es malvado, sé que al llegar a él voy a sufrir, pero no hago nada. No sé, creo que no puedo hacer nada. Agacho la cabeza y miro tímidamente a la gente que tengo a mi alrededor, pero ninguna me devuelve la mirada.
Pongo otra vez los ojos en el hombre, que no aparta su vista de mí. Me está esperando. Falta poco para llegar a él y estoy paralizado y solo, estoy solo.
Intento pensar en otra cosa, mirar hacia otro lado, convencerme de que estoy loco, que ese tipo es un hombre normal y que yo soy un malpensado, que es solo un viejo extraño y yo creo que es el demonio, pero no puedo. Faltan solo unos cinco metros y su cara me deja ver que tiene ganas de mí.

Llego al final y me quedo quieto. Capitulo inmediatamente, no hago nada, al fin y al cabo, ya es demasiado tarde.
Avanza hasta mí. Creo que levita, que no tiene pies, es algo inhumano, me niego a creer que yo comparto naturaleza con esa cosa. Al alcanzarme extiende los brazos como si me fuese a dar un abrazo y me envuelve con su carne flácida y húmeda. Me estremezco del asco, del miedo, de la tristeza. Siento que absorbe toda mi vida, que todo lo que en mi vida había conseguido me lo robaba simplemente tocándome, sin ningún esfuerzo.
Siento que me ahogo, no puedo respirar, me falta el aire, quiero morir, cada segundo es un infierno.
Me mira con sus ojos de lagarto amarillos y me da un beso en la frente, de manera paternalista, protectora. Siento como su saliva cae por mi cara, empapándome hasta el cuello. Os juro que nunca sufrí tanto, nunca.
De pronto, el ser se desvaneció y me dejó solo, inválido, desolado, asqueado y paralizado al final de las escaleras mecánicas.
Empiezo a llorar incapaz de sujetar más mis lágrimas. Aún siento la presencia de ese hombre y sé que la voy a sentir el resto de mi vida. Sé que no voy a poder sobreponerme al hecho de haber chocado con él. Sé que se llevó todo lo bueno de mi vida y me dejó vacío y desnudo, sin armas para defenderme ni herramientas para empezar de nuevo.
Me arrepiento y me lleno de ira por no haber hecho nada cuando tuve la ocasión. Miro a mi lado y un hombre se seca las lágrimas.

domingo, 24 de marzo de 2013

Mi narrativa, tu poesía

Sólo después de leerte, pude escribirte. Pude alumbrarte, mirar en todos tus rincones, curiosear por donde parecía no haber nada. Quité el velo de todas aquellas cosas que habías guardado en la caja sellada, la que nadie podía abrir.

Al principio te escribí en prosa. Mi narrativa era muy abundante, las palabras no cesaban porque tenía muchas, muchas cosas que decir. Pensé en la mueca que me había salido en la cara, eso que llamaste sonrisa, y en cómo era tu consecuencia directa, la de tus bromas, caricias y burlas.
Llené páginas y páginas hablando de ti, de tus problemas, de tus recuerdos, de esa vida que ya no querías ocultar. Fueron meses de escritura automática, meses de continuo descubrimiento y excitación.

Un día, acabé el libro. Su única edición tuvo una tirada de dos ejemplares. Cuando te lo enseñé, decidiste quemar el mío, y que al calor de sus llamas, leyésemos, tirados en tu cama, todo lo que el libro nos quisiese decir. Alguna lágrima desbordó sentimientos que en la obra no se podían explicar. Miré tu rostro húmedo, y descubrí, incrédulo, que tras las lágrimas había una sonrisa. Esa sonrisa que era mi motor primo, mi motor único. Fue entones cuando me di cuenta de que el libro no te hacía justicia, pues harían falta mil volúmenes para empezar a describir lo que de verdad eras.

La narrativa, pensé, no tiene la capacidad de reflejar la realidad completa. Sólo la poesía puede hacerlo, mostrando en cada poema un detalle, solo uno, un detalle de esos que me cambian el día, esos que demuestran la perfección por la que estás compuesta.

Así fue como de mi sinceridad nacieron versos. Aquellos versos contaban historias muy diferentes; cómo me salvabas de mí mismo, cómo tu sonrisa de niña pequeña podía borrarlo todo, cómo hacías que nada me importase excepto lo que más me importa. Tus juegos, tus caricias, tu fe en mí y tus ganas de salvarme. Líneas y líneas salieron de mi cabeza, mucho más pausadamente, saboreando cada palabra, cada estrofa, intentando darles la mejor forma pues tenía que rendir cuentas a la mejor musa. Casi todos esos versos se quedaron en mi cabeza y no sabes de su existencia. Vivieron y viven por las noches, cuando todo el mundo duerme y entonces tus ojos se cierran, subes una pierna y sonríes pensando en que el mundo es tuyo por las noches, sin saber que el mío te pertenece siempre. También aparecían estos versos en mi cabeza cuando hacías al mundo abstraerse de ti, queriendo estar sola durante horas, para reaparecer con una mirada, una sonrisa, un beso.

La narrativa, no lo niego, fue un buen comienzo, seguramente necesario. Pero la poesía, de la forma en la que la adornas, se hace totalmente imprescindible.