Se arrepintió de escribirle cartas de
amor, porque aunque gracias a eso acabaron juntos, él nunca recibió
una.
sábado, 29 de noviembre de 2014
sábado, 7 de diciembre de 2013
Desarmado
Mi cuerpo está compuesto
por cien pedazos o partes,
y me vas quitando,
desde hace ya mucho,
dos piezas cada día.
Lo que menos me duele
es que me arranques
partes de mis piernas,
o de mis brazos, las manos,
porque a veces me quitas
partes de mi cerebro,
el cerebro que yo era
y al cual aún estoy aferrado,
lo desmontas con esmero
y eliminas a tu parecer,
lo que tal vez ya no merezco.
Un día pensé en escaparme,
volver a mi yo pasado,
pero cuando me decidí a hacerlo,
ya no tenía piernas
y algunos dedos menos
que no me permitirían
ni arrastrarme por el suelo.
Y mi vida había cambiado,
de lo que era cada vez quedaba menos,
y triste me siento alegre
cuando te veo entrar por la puerta,
acompañante para siempre,
y triste me siento alegre
cuando me doy cuenta de que
eres tú lo que lo ha cambiado.
Me llevó algún tiempo entender
lo que cada noche pasaba,
y es que no eras tú que me quitabas
si no yo que me entregaba.
Te agradezco cada noche
que no me quites los ojos,
para poder ver hasta el último momento
la sonrisa con la que vienes,
te acercas y me acaricias,
que es lo que espero todo el día,
tumbado en una mesa de metal,
recordando entero mi cuerpo
imaginando precioso el tuyo.
Pero hoy estoy preocupado
porque además de los ojos,
un dedo, quizás un brazo,
ya me voy quedando sin cosas
que pueda entregarte.
Temo llegar al momento después del
último
y dejar de existir para ti,
como ya para el mundo lo habré hecho.
Cuando me hayas terminado,
no quiero que vayas a por otro
y lo tumbes sobre esta misma mesa,
porque tus ojos serán mis ojos
y tus manos serán mis manos,
porque cada pieza que arrancas de este
mundo
se olvida de mi tragedia
y se acuerda de lo olvidado.
Dos o tres noches quedan
y los ojos que aún tengo
hoy han llorado,
porque saben que es más fácil
vivir yo de mí separado
que sin ti a mi lado.
miércoles, 5 de junio de 2013
Tuvieron tiempo
Tuvieron tiempo las torres,
los caballos, los afiles,
para darse la vuelta,
incluso después de hacerlo,
de tumbar a tres o cuatro.
No miraron a los lados tampoco,
la torre ciega,
los caballos cegados
y los alfiles altivos.
No sé si pensaron que ellos
tenían la mayor de las paciencias,
el mayor de los letargos,
o el menor de los poderes,
no sé si tras hacerlo les entró el
miedo
o solamente fueron recompensados.
Cuando se derrumbó la torre
el caballo estaba nervioso
y el alfil pedía explicaciones,
¿a quién?, ¿de qué?
Sin poder huir de un tablero finito
fueron atropellados,
odiados, insultados,
porque sin caballo el jinete era una
persona,
sin traje el alfil era una persona,
pero las personas ya no perdonaban
porque tres o cuatro fueron tumbadas,
y por ellos
nunca más se arrodillarían.
viernes, 3 de mayo de 2013
Farola rota
Buscamos la luz de una farola rota, una
bombilla que proyecta mentiras. Damos por válidos engaños y damos
por malos elementos no iluminados. La farola rota, única luz en toda
la calle, nos conforta, y ella reposa tranquila, sabiéndose
suficiente para saciar los cuerpos cansados.
El hombre se apoya en su poste frío y no duerme para guardar su puesto privilegiado.
Pasamos hambre y frío en una calurosa
noche de verano.
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